
Una mañana se despertó Gregorio Samsa
y se encontró rodeado de una legión de sacerdotes
que le endilgaban la extremaunción,
mientras un coro de ángeles revisaba confiscatoriamente
sus propiedades.
Y Gregorio,
que gozaba de cabal salud,
se dio cuenta,
con terror póstumo,
que no soñaba
y que así era la vida contemporánea
al amparo de las leyes de Dios.
*Texto extraído de la revista proceso de esta semana.